La edad de oro de la Sevilla de ultramar.

La edad de oro de la Sevilla de ultramar. La americanista Enriqueta Vila Vilar publica una obra sobre el Consulado de Sevilla, sus mercaderes y su influencia en todos los ámbitos de la ciudad. Aurora Flórez (ABC de Sevilla), 17 de julio de 2016)

Vista de Sevilla desde Triana en un grabado de 1780Hasta que en 1783, y por deseo del Rey ilustrado Carlos III, naciera el Archivo General de Indias para recoger la extensa documentación generada en torno al comercio y las relaciones con el Nuevo Mundo, el edificio herreriano que hoy es Patrimonio de la Humanidad fue la Casa Lonja de Mercaderes de Sevilla, concebida por Felipe II a finales del siglo XVI para sacar de las gradas de la Catedral los negocios y las transacciones de los mercaderes de Indias, que tanto incomodaban a los canónigos. (Imagen: Vista de Sevilla desde Triana en un grabado de 1780 – ABC).

En este edificio acabaron aglutinadas las funciones que regían el comercio indiano y sus pleitos, que se gestionaron primero en la Casa de Contratación desde 1503 y a partir de 1553 en el Consulado de Sevilla, que tuvo en sus manos los engranajes financieros, con el que los mercaderes, por el camino del monopolio privado, controlaron la riqueza ultramarina y acabarían por transformar los perfiles físicos y sociológicos de la ciudad, conformando lo que, con la aspiración de los comerciantes de Indias de escalar socialmente, serían los mimbres de una nueva nobleza.

A ese tiempo apasionante de naos, galeones, corsarios, naufragios, flotas de ida y vuelta, barras de la plata americana, coloniales, expediciones científicas, transportes de mercancías y de libros, como las primeras ediciones de El Quijote; intercambios de culturas y conocimientos con otros espacios entonces exóticos, nos traslada la prestigiosa americanista Enriqueta Vila Vilar en su obra «El Consulado de Sevilla de Mercaderes a Indias. Un órgano de Poder», editado por Instituto de la Cultura y las Artes del Ayuntamiento, en la que recupera estudios, conferencias, capítulos de libros, artículos, ensayos, aliñados con nuevas y sedimentadas reflexiones para componer un puzzle que ofrece una visión de lo que fue aquel centro poderoso que enriqueció y elevó de posición social a aquellos hombres de negocio que supieron mirar más allá de las enormes distancias marítimas y salvar la incertidumbre frente a otro mundo persiguiendo riqueza y futuro.
 

El hilo de unión entre todos los mapas de este panorama es el poder, como figura en el título de la obra, en todas sus facetas: legal, adquirido, real, social y eterno, según compartimenta Enriqueta Vila en su obra para ir aportandoestampas de aquel tiempo y sus protagonistas. En este viaje a través del tiempo, la historiadora traza los perfiles del Consulado, creado en 1553, que desde 1584 tuvo su sede en la Lonja. Una «potente máquina financiera», cuyo modelo fue exportado a México y Perú, que funcionó hasta que en 1717, con la Casa de Contratación, las funciones se trasladaron a Cádiz, donde sucumbirían 80 años después. Tuvo el «control absoluto del tráfico con Indias», a excepción de la «trata de esclavos, en manos extranjeras», y hasta se convirtió en «banquero de la Corona».

Dando cuerda y manteniendo el engranaje se inscriben los protagonistas de la epopeya mercantil de la colonización, que Enriqueta Vila rescata de los legajos, de los Archivos de Protocolos y de los documentos notariales.«Grandes mercaderes que vivieron como señores», resalta la americanista, que pone nombres y apellidos a los influyentes hombres hasta ahora casi desconocidos, los «peruleros», a un grupo de los cuales ha seguido la pista durante años. Entre estos personajes se encuentran Carlos Corzo de Lecca, Juan Antonio Corzo, tío del anterior, que fue el mercader más rico de Sevilla en el siglo XVI; Tomás Mañara (padre de Miguel, fundador del Hospital de la Santa Caridad); Antonio Burgos, factor de Miguel de Neve en México; Juan de la Fuente Almonte, uno de los más relevantes del siglo XVII…

Fueron ellos los artífices de la transformación del caserío de la ciudad a partir de la segunda mitad del XVI. Hombres que integraron una nueva nobleza al amor de la plata americana, «que les había brindado la oportunidad de cambiar su destino», y les impulsó a levantar casas y mayorazgos. A los De Neve, Almonte y Mañara se añaden los Bucarelli, Bécquer, Antonio… Se refiere Enriqueta Vila a tres grandes casas como ejemplos que conservan la estructura del siglo XVII: la de Tomás Mañara, en la calle Levíes; la de Juan de la Fuente Almonte, en Virgen de los Buenos Libros, y la de Antonio María Bucarelli, en la calle Santa Clara. Sin embargo, destaca que «quizá la más genuina del siglo XVI que sigue en pie tal cual sea la de los Pinelo, aunque quien la construyó no fuera precisamente un mercader sino un canónigo, miembro de una familia de grandes comerciantes genoveses».

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