OBITUARIO. “In memoriam. Antonio Herrera García, profesor investigador”. Por Miguel Ángel Núñez Beltrán

OBITUARIO. “In memoriam. Antonio Herrera García, profesor investigador”. Por Miguel Ángel Núñez Beltrán

 
Allá por el año 1993 la Asociación de Profesores de Geografía e Historia, publicó el primer volumen del Anuario de Investigaciones. Se lo dedicaba como homenaje a Antonio Herrera García. Estaba a punto de jubilarse. Ese mismo año me presentaron a Antonio. Cruzamos unas simples palabras de saludo y poco más. Lo admiraba ya por sus escritos. Al estrechar su mano pareció que una ráfaga de empatía se transmitía. Cual instante mágico, fue el inicio de una duradera amistad.
 
Desde entonces, he disfrutado de la contemplación, desde la cercanía, de su excelencia profesional y personal. He gozado muchas horas de su discreción y agudo sentido del humor, de su palabra y silencio, de sus consideraciones y magisterio, de su trabajo y desvelo, en el traqueteo del coche, en el descanso de un hotel, en el alboroto de un bar o en el remanso apacible y familiar de su hogar en Villanueva del Ariscal. He tenido el placer de colaborar con él en algunos trabajos a través de la asociación Hespérides o del grupo de investigación CEIRA. He podido sentir el palpitar sereno de una madurez que se me antojaba plena, de una bonhomía desbordante desde la honrada modestia de un historiador obsesionado por la verdad. Son, por ende, muchos los recuerdos que en este momento de dolor bombardean mi memoria. Pero sería egoísta si me limitase a este relato, aun rico en vivencias. Sería como acaparar en mi persona a quien se ha convertido, por derecho propio, en un referente de investigación y maestro, muchas veces tácito, de historiadores.
 
Su palabra, exquisita y acertada, delataba las formas del orgullo de ser profesor. Profesor investigador, profesional de la docencia y de la investigación. No concebía la una sin la otra. Con habilidad supo fusionar sus estudios con la enseñanza, siguiendo la estela de su gran amigo el profesor e investigador, Antonio Domínguez Ortiz. Con paciencia, diligencia y constancia se adentró en los vericuetos de la investigación histórica. Con el rigor del trabajo científico consiguió dotar de rutina la afanosa tarea de indagar y rastrear en archivos y bibliotecas con el fin de desentrañar el pasado.
 
Con sosegada reflexión desde la información de legajos y papeles peleó en la soledad de su despacho, padeció los vacíos que no alcanzaba a interpretar y, una vez que la luz afloraba, hacía fluir con emocionada pasión las palabras que conformaron sus escritos. De esta manera, acertó dotar a la historia local aljarafeña del hálito de generalidad o universalidad que se requiere. Así surgieron de su pluma más de un centenar de trabajos entre libros, artículos y otros escritos. Caben citarse, a modo de muestra, “El Aljarafe sevillano durante el Antiguo Régimen”, “El Estado de Olivares” y un sinfín de monografías locales. Toda una prolífica producción de un historiador, cuya solidez y profundidad le han hecho ocupar un lugar destacado en la historiografía de Andalucía.
 
La satisfacción del descubrimiento histórico le impelía al difícil oficio de enseñar. Entendía la historia como saber práctico y útil, digno, por tanto, de propagarse. Lo puso en práctica, primero como profesor agregado en la universidad hispalense y, después, en institutos de Málaga, Cuenca, Alcalá de Guadaira y, finalmente, en el instituto “San Isidoro” de Sevilla. En todos ellos dejó huella de su buen hacer como profesor investigador enseñando sin dejar de aprender, con una docencia seria y atractiva, sin olvidar los manejos de la didáctica pero transmitiendo contenidos y sabiduría, que sólo se adquieren con el esfuerzo. Imbuido en este afán, por los años 1980, en una España en cambio, lideró la creación de la Asociación de Profesores Hespérides con el propósito tanto de impulsar y encauzar la actividad investigadora del profesorado de bachillerato, ahora de enseñanza secundaria, como de favorecer foros de diálogo y debate sobre la nueva metodología y didáctica de la historia, la geografía y el arte.
 
Nunca consideró, empero, el aula, como un lugar exclusivo del ámbito académico, sino como un espacio abierto a la sociedad. Puso su investigación histórica, centrada en el Aljarafe, al servicio del pueblo. Se prestó a las solicitudes de los alcaldes de los distintos pueblos de esta comarca sevillana. Fruto de ello son las historias de muchas de estas localidades. Así mismo, recorrió numerosos municipios de la provincia, animado por la Diputación, ilustrando, en torno al 28 de febrero, sobre la historia de Andalucía.
 
Quizás, si leyese estos apuntes, levantaría la cabeza con una sonrisa socarrona acompañada de un leve rubor en el rostro. Porque nunca buscó reconocimiento, aunque le llegaron, con justicia, de instituciones y asociaciones. “Más de los merecidos”, me comentó en una ocasión. Era la reacción de un hombre servicial, prudente, austero y sencillo, huidizo de solemnidades, del artificio de pompas y oropeles. No obstante, los recibía con tímido agrado y mucha gratitud cuantos premios y condecoraciones le otorgaron, como el doble premio Archivo Hispalense en 1979 y 1988 o la designación de Académico de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras o el entrañable nombramiento de Hijo Predilecto de Villanueva del Ariscal, su pueblo natal, o el premio de la Asociación Sevillana de Cronistas e Investigadores Locales (ASCIL) o el agradecido homenaje de la Casa de la Provincia-Diputación de Sevilla, entre otros muchos. Pero los homenajes que más apreciaba eran el encuentro cercano con sus amigos y convecinos en los que se sentía homenajeado y homenajeante, en los que departía, con fina ironía, sobre las vicisitudes sociales o históricas, o meramente sobre las banalidades de la existencia. En estas reuniones se hacía presente, de modo más diáfano, el humanista enamorado de la vida.
 
Me consta, Antonio, de tu creencia en otra vida. Si así resultare, que tus deseos se vean colmados. A buen seguro que, dando rienda suelta a tu espíritu libre e inquieto, también allí andarás escudriñando sobre causas y efectos, coyunturas y estructuras. Aquí tu espíritu continúa presente a través de tu legado de generosa nobleza, profesor entregado e implacable investigador de la historia. Una de tus criaturas más preciadas, la Asociación de Profesores Hespérides, de la que siempre será su presidente, se siente especialmente deudora contigo, su fundador. Un abrazo de eterna gratitud, amigo Antonio.

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