Murillo, en carne y hueso

Aguafuerte de Richard Collin de 1682, inspirado en el ‘Autorretrato con valona’ de Murillo (1670) que hoy custodia la National Gallery.

Alrededor de los cuadros de Murillo hay una lumbre que está ahí como gozo y como enigma: su biografía. Desde el principio hasta el final. Y es en ese territorio donde viene a incidir ahora la investigación de Pablo Hereza (Sevilla, 1964) que acaba de ver la luz en el libro Corpus Murillo. Biografía y documentos. Es la primera parada de una expedición intelectual que próximamente también hará sitio en la producción artística del genio, pero que, por el momento, se dedica a apartar todos los repintes delirantes, falsos fondos e hipótesis de saldo que acumula su vida. Sobre todo, su vida de pintor.

El volumen viene a ser una pista de despegue fabulosa para conocer al hombre instalado dentro de aquel artista gigantesco, complejo, exigente. Pretende aclarar a qué voltaje iba en realidad ese pintor que se ganó un lugar único en el tifón del barroco, en la ciudad desatada, en el gusto de los canónigos y en la bolsa de los mercaderes. Y lo hace huroneando en los archivos, de donde han salido partidas de bautismo, padrones parroquiales, actas de profesión, apuntes contables, ventas de inmuebles y demandas judiciales, entre otros papeles.

LA BIOGRAFÍA ANALIZA A MURILLO A TRAVÉS DE 262 NOTICIAS DOCUMENTALES, 26 DE ELLAS INÉDITAS

A través de 262 noticias documentales -de ellas, 26 inéditas-, la biografía de Pablo Hereza puntea el vuelo de Murillo del origen al término. Todas las anotaciones han sido revisadas, analizadas y transcritas íntegramente por primera vez, lo que ha permitido “corregir errores asentados” y “abrir nuevas líneas de investigación”. Es, en definitiva, a lo que debe aspirar la conmemoración del cuarto centenario de su nacimiento, atornillada desde que echó a andar entre la pasarela turística y la cita cultural.

“A pesar de la ausencia de anécdotas heroicas o aventuras comunes a otras vidas de artistas, se nos ha ido dibujando una de las personalidades más respetadas e íntegras del Seiscientos sevillano, basada simplemente en la normalidad vital, en profundas convicciones religiosas y en la independencia intelectual y profesional, fórmula para una obra artística extraordinaria que no dejó indiferente a su generación ni a las posteriores”, señala Hereza, quien ha confeccionado aquí una guía de uso de Murillo similar a la que ya disfrutan hace tiempo Velázquez, Zurbarán y Alonso Cano.

Por las evidencias documentales, el pintor parece instalado en la bonhomía de carácter, con especial interés en el cuidado de la economía doméstica y el bienestar familiar. Como resultado de ambas tareas, es posible rastrear los permanentes cambios de domicilio y la búsqueda de complementos a sus ingresos artísticos con otras actividades, como los subarriendos de inmuebles o las inversiones en la carrera de Indias, que lo llevarán a la cárcel fugazmente por una temporal falta de liquidez. Todo ello macerado por repetidas tragedias que le sirven de impulso y acicate artístico.

EL ESTUDIO ACRECIENTA EL PAPEL DE SU PADRINO, ANTONIO PÉREZ, EN SU VOCACIÓN ARTÍSTICA

Así, el fallecimiento de sus padres -él tenía apenas nueve años-, de ocho de sus diez hijos y de su mujer, Beatriz de Cabrera, le arrastró, quizás, a buscar “un refugio espiritual en el exacerbamiento religioso y en el trabajo como materialización y plasmación de una misión cristina”, destaca Pablo Hereza. En esa excursión, el artista perteneció a la hermandad devocional del Rosario y la penitencial de la Vera Cruz y tomó el hábito seglar de la Orden Tercera de San Francisco. Finalmente, ingresó en la hermandad de la Santa Caridad, “en quien espero mejorar mi vida”, se lee en los trámites de aceptación.

A modo de biografía en punta, el Corpus Murillo alumbra, cuando puede, episodios vitales del pintor aún entre tinieblas. Si los documentos no alcanzan, sugiere hipótesis sólidas u ofrece dudas razonables. Sucede así con la posible aventura del adolescente Murillo en el Nuevo Mundo, planteada “con cierta voluntad de permanencia” tras cierto titubeo vocacional, o con un temprano viaje a Madrid que, de haberse producido, tuvo lugar entre junio y septiembre de 1646 a la conclusión del ciclo para el claustro chico del convento de San Francisco y sin garantías de encuentro con Velázquez.

El estudio, además, acrecienta el papel de su tío materno y padrino, el pintor Antonio Pérez, en el despertar artístico del joven Murillo, quien fortalecería posteriormente sus habilidades con Juan del Castillo, casado con una hija del primero y, por tanto, vinculado también al genio como primo político. Como novedad, la investigación propone también la influencia de ciertos contactos informales con Zurbarán y, sobre todo, Alonso Cano, como parecen indicar, no tanto sus primeros lienzos, sino “el enfoque, maneras y libertad creativas de sus dibujos”.

Sobresale también Murillo por su rabiosa independencia en un entorno artístico endogámico. Gracias a la huella documental confirmamos ahora que él se presenta como un pintor no sólo ajeno al amplio mundo de intermediarios, mercaderes e intereses, sino también de la trampa devaluadora de los trabajos auxiliares, de la repetición iconográfica de taller y de los encargos seriados para Tierra Firme. “Con todos estos rechazos, Murillo se posiciona como un artista que, con un extraordinario dominio curricular, controla su prestigio y exclusividad destacando como una figura hasta esos momentos desconocida en Sevilla”, explica Pablo Hereza.

En esta línea, el Corpus Murillo enfoca la tarea desplegada por el artista en defensa del desempeño de la pintura, que le lleva a impulsar la creación de la Academia o desmarcarse de la aspiración elitista de Velázquez por obtener el reputado hábito de Santiago. La ausencia de Murillo en este expediente del pintor de Las Meninassugiere, en opinión de Hereza, que “no conoció o congenió con Velázquez en Madrid, o que expresamente no quiso prestarse al juego de la negación de la dignidad pictórica, ante la comprometida sexta pregunta del interrogatorio, en la que se planteaba si el pretendiente había tenidooficio vil o mecánico“.

“MURILLO CONTROLA SU PRESTIGIO Y EXCLUSIVIDAD DE UNA MANERA ÚNICA”, SEÑALA PABLO HEREZA

Por último, la investigación también pone en pie algún asunto de la vida doméstica del pintor. De la lectura del expediente matrimonial se concluye que fue un compromiso imprevisto para Beatriz de Cabrera, ya que, según se anota, ella “hizo muchas acciones de que la forzaban para que se casase y se torcía las manos y lloraba”. La esposa moriría a causa de las complicaciones en el parto de su hija María, también fallecida días después. El testamento lo ejecutó Murillo a los cuatro meses, cumpliendo todas las disposiciones de su esposa, más “otras muchas misas que yo le he dicho y hecho decir sin habérmelas encargado que las mandase decir…”.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *