Juan B. Carpio Elías.- La construcción de las Caballerizas Reales de Córdoba sólo costó el 0,4% de la inversión en El Escorial

Juan B. Carpio Elías.- La construcción de las Caballerizas Reales de Córdoba sólo costó el 0,4% de la inversión en El Escorial

El profesor Juan Carpio, en las Caballerizas Reales de Córdoba
El profesor Juan Carpio, en las Caballerizas Reales de Córdoba – RAFAEL CARMONA

Vacío durante décadas y ahora a la espera de un destino definitivo, las Caballerizas Reales de Córdoba no siempre dan el aspecto de aquello como lo que realmente nacieron: un proyecto con la firma personal de un rey, que puso todo su empeño aunque no siempre todos los recursos que se necesitaban. Para contar el nacimiento de esta institución como por orden de Felipe II en el siglo XVI ha publicado un libro Juan Carpio, profesor de Historia de la Universidad de Sevilla. Se titula «Las Caballerizas Reales de Córdoba. Un proyecto de Estado».

No sólo se trata del edificio, explicó el profesor, sino también de todo lo que lo rodeaba, porque, a instancias de la Corona, allí es donde debían estar los animales. «El edificio era la fábrica y había mucho más, en el campo y en la ciudad. En el campo estaban las yeguas y los potros, en la ciudad los sementales y los potros mayores», según el autor.

El trabajo de levantar la nueva institución para la cría de caballos, la Real Caballeriza, puesto que este era el nombre que debió de tener originalmente, recalló en Diego López de Haro, un caballero veinticuatro, es decir, miembro de quienes dirigían las políticas locales, que tuvo la confianza del rey Felipe II para su proyecto, pero debió conformarse con una asignación que no lo era tanto.

8.000 ducados

Juan Carpio explicó en la presentación de su libro, que ha publicado la Universidad de Sevilla, que el coste de Caballerizas fue de 8.000 ducados, que supuso por ejemplo el 0,4 por ciento de lo que invirtió el mismo monarca en San Lorenzo de El Escorial. Y de ahí salió la expropiación de las parcelas de la Ribera en que se tenía que extender la institución y donde tenían que estar los animales, que cuando alcanzaron un alto número necesitaban su espacio.

«¿Fue un éxito o un fracaso?», se preguntó. Reconoció el «mérito» de López de Haro, pero sólo lo logró en parte. La meta era que hubiese 1.200 yeguas en Córdoba y nunca se logró, pero tampoco las 900 que se alcanzaron fueron una mala cifra.

Y sobre todo se cumplió la exigencia de la creación de la pura raza española, con lo que tomó sentido lo que había pedido la Corona a las Caballerizas.

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