Las tumbas perdidas de los personajes ilustres de Sevilla

Las tumbas perdidas de los personajes ilustres de Sevilla

 

Sevilla es una ciudad para descubrir no sólo para el turismo. Hay multitud de misterios ocultos para sus propios habitantes, desde la historia del urbanismo al nomenclátor, pasando por las leyendas y los enterramientos. En este último caso, Sevilla está llena de lápidas que recuerdan que allí yacen los restos de un ilustre personaje. Pero no siempre se tiene claro el lugar exacto donde los muertos descansan.

«In ictu oculi», en un abrir y cerrar de ojos, la pintura de Valdés Leal que recuerda que somos simples mortales – ABC

 

Antiguamente, a los difuntos se les enterraba en los cementerios de las parroquias de las que eran feligreses. La ciudad estaba repleta de camposantos. En cada parroquia, uno. Y así, multiplicado por decenas. Bajo el suelo de Sevilla yacen generaciones y generaciones de sevillanos. Como en la plaza de la Magdalena, que lleva el nombre de un antiguo templo mudéjar que desapareció en 1811 por la invasión napoleónica. Los franceses, además de expoliar todo lo expoliable, arramplaron con la historia de la ciudad. Y allí, en aquel espacio que hoy sirve para la venta ambulante y aparcamiento de motos, se ubicaba un templo, su cementerio y la cruz que lo convertía en lugar sagrado.

Bajo la plaza de la Magdalena, en algún lugar, yace Juan Martínez Montañés, el «dios de la madera». El de Alcalá la Real tenía su taller en las inmediaciones de aquel primitivo templo. Murió en 1649, a la edad de 81 años, víctima de la epidemia de peste que mató a la mitad de la población. Su mujer lo dejó por escrito: «Mi marido quiso ser enterrado en el convento de San Pablo, en la sepultura que allí tenemos, y por haber muerto el año 1649, en el rigor de la peste, el susodicho me pidió que fuese sepultado, como lo está, en la iglesia parroquial de la Magdalena de esta ciudad». Una placa es lo único que atestigua que allí se encuentran los restos de Martínez Montañés.

Una placa recuerda el enterramiento de Montañés en la plaza de la Magdalena
Una placa recuerda el enterramiento de Montañés en la plaza de la Magdalena – VANESSA GOMEZ

Un caso similar es el de Bartolomé Esteban Murillo, coetáneo con Montañés y bautizado hace ahora cuatro siglos en la misma parroquia donde años más tarde fue enterrado este último. A su muerte, en 1682, sin embargo, sus restos fueron enterrados en la primitiva parroquia de Santa Cruz que, como la Magdalena, fue derribada por los franceses. Aquel templo se ubicaba en la actual plaza de Santa Cruz, al que al menos la ciudad le respetó el nombre.

Una placa recuerda también en aquel lugar que, allí mismo, se encuentra enterrado el pintor de las Inmaculadas. Dicen que, exactamente, reposan en la capilla donde se encontraba el cuadro del Descendimiento de Pedro de Campaña, hoy en la sala capitular de la Catedral. Murillo estaba enamorado de esa pintura, y se pasaba horas y horas contemplándola. Una de las veces, cuando le preguntaron qué hacía mirando tan atentamente el cuadro, respondió: «Estoy esperando a ver si terminan de bajar de la cruz al Divino Señor…».

El cuadro del Descendimiento de Cristo, de Pedro de Campaña
El cuadro del Descendimiento de Cristo, de Pedro de Campaña – ABC

Con José Montes de Oca ocurrió lo mismo. Murió en 1754 y se sabe, como cuenta Manuel Jesús Roldán, que fue enterrado en la parroquia de Santa Cruz. Los restos del hombre que realizó el imponente grupo escultórico de la Piedad de los Servitas yacen en una plaza, sin que nadie sepa exactamente dónde se encuentran y sin que haya ninguna lápida que recuerde su nombre para la posteridad.

Ambas parroquias, curiosamente, fueron trasladadas a templos cercanos: la Magdalena, en el antiguo convento de San Pablo, y Santa Cruz, en el de la calle Mateos Gago, donde están establecidas en estos momentos.

Los escultores perdidos

Como a Martínez Montañés o Montes de Oca, a los imagineros del Barroco la memoria de la ciudad no les ha tratado bien. Si bien sus obras son admiradas de forma universal, el reconocimiento personal a algunos de ellos ha sido maltratado a lo largo de siglos. El caso más paradigmático es el de Juan de Mesa, el hombre que esculpió a Dios. Al cordobés que revolucionó la imaginería barroca y que, entre otras imágenes, talló al Gran Poder, no se le reconocieron sus obras hasta principios del siglo XX. Se sabe que murió el 26 de noviembre de 1627, 22 años antes que su maestro, Juan Martínez Montañés. Sus restos fueron enterrados, junto a los de su esposa, en la parroquia de San Martín, de cuya collación era vecino. Una placa en la fachada recuerda que reposa para siempre en alguna cripta desconocida del templo.

Lo mismo ocurre en la iglesia de San Juan de la Palma que, en su subsuelo, hay cientos de huesos olvidados. Como los de Jerónimo Hernández y Benito Hita y Castillo. Del primero de ellos se sabe que fue sepultado «junto al altar del Evangelista». Pero no se trata del San Juan de la Amargura, ya que el escultor murió en 1586, al menos 120 años antes de que Hita y Castillo concibiera al Discípulo Amado. Precisamente, este último escultor, comparte el lugar de enterramiento. También en noviembre (mes de los difuntos por antonomasia) de 1783, fue sepultado en la cripta de la capilla de la hermandad sacramental.

En el archivo de la hermandad existe una grabación del recordado capiller de San Juan de la Palma, Antonio Rivero, donde desvelaba, según la tradición oral, dónde se encontraban los restos de Jerónimo Hernández, Benito Hita y Castillo o el Conde del Águila, entre otros. En San Juan de la Palma siempre se ha pensado que los restos de Hita del Castillo se ubican en la primera columna de la derecha, mirando al altar mayor, junto al altar de Santa Ángela de la Cruz, «bajo el banco de la junta de gobierno».

Prospección en la capilla sacramental de San Juan de la Palma
Prospección en la capilla sacramental de San Juan de la Palma –
ARCHIVO HDAD. AMARGURA

Sin embargo, hace unos años la hermandad hizo una prospección en la capilla sacramental para ver exactamente qué había bajo el suelo. Allí se descubrió una cripta en perfecto estado de conservación, repleta de materiales. Quién sabe si es allí donde reposan realmente sus restos. Quién sabe, también, si a su tumba se llevó el misterio de la Amargura. Hay expertos que piensan que en aquel lugar perdido podría encontrarse algo que develara la autoría de la dolorosa de San Juan de la Palma. El historiador Manuel Jesús Roldán explica que «si la Virgen fue realizada hacia 1700, habría que descartar en su realización antiguas atribuciones a Luisa Roldán, quedando en el amplio catálogo del taller de Roldán. ¿Cómo se explicaría su perfecta adecuación con la imagen de San Juan? Se conoce que a la realización por Hita de la imagen de San Juan se unió una intervención en la dolorosa, a la que realizó un nuevo candelero y quizás algún retoque no documentado». Otro misterio por resolver.

Aunque no hay ninguna lápida que los recuerde, ambos escultores están grabados en el nomenclátor de la ciudad. Jerónimo Hernández tiene una calle que conecta el Pozo Santo con Santa Ángela de la Cruz. Hita y Castillo posee una pequeña plaza junto a la calle Aposentadores.

Como ello, los restos de Pedro Roldán, depositados a los pies del desaparecido retablo de la Virgen del Rosario de la parroquia de San Marcos. Cristóbal Ramos, igualmente, fue enterrado en una capilla desconocida de la parroquia de San Pedro. Y, como Martínez Montañés, los restos de Juan de Astorga fueron sepultados en el cementerio de la parroquia de San Sebastián, hoy convertidos en unos preciosos jardines donde se forma cada Domingo de Ramos la primera cofradía que sale en Semana Santa.

Otro artista, Juan Valdés Leal, el pintor de los muertos, fue sepultado en 1690 en la capilla de la hermandad sacramental en la parroquia de San Andrés. Una placa en la fachada lo recuerda.

El desaparecido Ruiz Gijón

¿Y el escultor del Cachorro? Cuenta la leyenda que el imaginero utrerano plasmó en el crucificado más barroco de la historia el rostro de un gitano de la Cava que expiraba al ser apuñalado. Ruiz Gijón lo dejó inmortalizado para siempre. Sin embargo, sobre la muerte del escultor no existe absolutamente nada que aclare el misterio de su lugar de enterramiento e incluso hay dudas hasta en las fechas. Según Manuel Jesús Roldán, «por su barrio de residencia se supone que debió ser enterrado en Santa Marina o Santa Lucía, pero en ambas iglesias desaparecieron los archivos parroquiales».

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