Historias de las Reales Atarazanas de Sevilla, el mayor centro industrial de Europa

El libro de Pérez Mallaína revela los secretos ocultos del antiguo astillero sevillano tras nueve siglos de vida

Javier Macías, Sevilla 21.XII.2019

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Las Reales Atarazanas están a la espera de que el arquitecto presente el proyecto definitivo

Foto: J. M. Serrano

Pablo Emilio Pérez Mallaína ha escrito el libro que saca del olvido la importancia histórica que tuvieron las Reales Atarazanas de Sevilla. El catedrático de Historia de América, especialista en historia de la navegación, se ha llevado diez años investigando en los archivos para recopilar en una obra de lujo de 700 páginas, 3.000 notas y 300 ilustraciones lo que supuso el arsenal hispalense desde su fundación por Alfonso X el Sabio en el siglo XIII hasta la actualidad, cuando este espacio que vital importancia para la ciudad y todo el mundo occidental se encuentra sumido en el ostracismo más absoluto a la espera de una restauración que nunca llega.

Al acto, que tuvo lugar ayer en el Salón del Almirante del Real Alcázar (que acogió antaño la Casa de la Contratación), asistieron el alcalde de Sevilla, Juan Espadas; el rector de la Universidad de Sevilla, Miguel Ángel Castro; el diputado provincial de Cultura, Alejandro Moyano; y el profesor de Historia de la Hispalense Ramón Serrera Contreras.

Este último, amigo personal de Pérez Mallaína durante 49 años, glosó la figura del autor, la trascendencia de su obra y el contexto en el que se encuentra el objeto de la misma. Serrera destacó que «Pablo Emilio será conocido a partir de ahora por sus dos obras más importantes: «Los hombres del océano» y «Las Atarazanas de Sevilla»». Así, avanzó que el libro aclara conceptos falsos sobre el astillero sevillano como su asociación con la Carrera de Indias. «Eso es un tremendo error, ya que los galeones que se fondeaban en el Guadalquivir no cabían en las Atarazanas, se construían en el Cantábrico».

Las galeras

Lo que se realizaba en estas naves eran las galeras, los barcos que defendían la Península de los ataques musulmanes, garantizaban el comercio entre los grandes mercados del Mediterráneo y protegían lo que, entonces, se conocía como el Estrecho de Sevilla, hoy de Gibraltar. Pérez Mallaína afirmó que, gracias a las Atarazanas y a sus galeras, «se consiguió que la Península formara parte del mundo occidental y, en parte gracias a ello, disfrutamos de las libertades hoy en día». Estas galeras consiguieron lo que no logró la Armada Invencible: «Penetrar por el Támesis y derribar construcciones».

La actividad que se desarrolló en el astillero sevillano lo convirtió durante siglos en «el mayor centro industrial de Europa», por encima de Venecia. El catedrático aseguró que «allí se construían más barcos, pero no hubo ninguna en el mundo con tales pretensiones y tamaño como la de Sevilla».

El barrio marinero

Otro de las claves del libro sobre las Atarazanas es el contexto histórico que había en la ciudad cuando su construcción. El profesor Ramón Serrera explicó que se levantaron en la zona conocida como la «resolana del río», en el Arenal. «Se sufragaron por el diezmo del carbón, junto al postigo (hoy la calle Santander), un material más fácil de conseguir, ya que las maderas había que traerlas de la sierra».

Entonces, justo tras la Reconquista, «Triana no era un barrio marinero». En su lugar, estaba «el barrio de San Vicente, el de la Magdalena, el Salvador, Omnium Sanctorum, la Carretería y la Cestería. Triana lo sería tras el descubrimiento de América», indicó. De ahí, que en la collación de San Vicente se encuentren las calles Redes, Bajeles, Dársena (donde estuvo la casa de Hernando Colón, en la Puerta Real). ¿Y cómo se ha llegado a esta conclusión?

Pérez Mallaína ha investigado entre los que trabajaron en las Atarazanas. «La mayoría eran de la Sierra Norte», indicó. Los «francos» eran los trabajadores a los que se le pagaba un sueldo bajo pero que obtenían muchos privilegios de por vida. Había «centenares de esclavos», de origen musulmán, moriscos. Hubo presos, porque fue «una terrible cárcel». «Allí murió torturado el judío Samuel Levi; un rey de Granada, Bermejo, al que remataron en los campos de Tablada; o, también, Leonor López de Córdoba, la primera mujer que escribió una autobiografía, ya en el siglo XIV», desveló Pérez Mallaína.

Los alcaides

El libro incluye un cuadro en el que aparecen los alcaides que tuvieron las Reales Atarazanas, desde 1252 hasta 1739, tras el Lustro Real, y que continúa hasta la actualidad. Hubo nombres ilustres: el duque de Medina Sidonia, Álvaro de Portugal, el conde-duque de Olivares y, hoy en día, Manuel del Valle Arévalo. Todos ellos, además de alcaides de las Atarazanas, los fueron también del Real Alcázar.

Los cambios de uso

Desde su creación, las Atarazanas han sufrido numerosas transformaciones. Como ocurriera con edificios como San Telmo, el Archivo de Indias o la Fábrica de Tabacos, el astillero sevillano ha tenido cambios de uso desde 1493. Aquel año, cuando los Reyes Católicos recibieron en Barcelona a Cristóbal Colón, los monarcas decidieron que la nave 1 (la más próxima al Postigo del Aceite) se dedicara a mercado de pescado. En 1503, de las 17 naves, la 16 y la 17 fueron requisadas como almacén de pertrechos para la Carrera de Indias y para guardar el mercurio. El propio Fernando de Magallanes pasó por el edificio antes de la hazaña de la vuelta al mundo. Felipe II, en 1580, en las naves 13, 14 y 15 se creó la Aduana de Sevilla, donde se cobraban los impuestos. En el siglo XVII, tras la peste de 1649, las naves 8. 9, 10 y 11 se convirtieron en el actual Hospital de la Caridad y la iglesia de San Jorge. «Cuando se acabó el mercado de las Indias, los sevillanos ya no pensaban en el más acá, sino en el más allá, por eso se construyó un gran hospital», indicó el autor del libro.

Ya en la segunda mitad del XVII, las naves de la 1 a la 7 pasaron a convertirse en la Maestranza de Artillería. Y, entre 1944 y 1945, las naves de la 13 a la 17 (las de la aduana y los almacenes) se convirtieron en la actual Delegación de Hacienda. Allí, cuenta Pérez Mallaína que hay «fantasmas». «Cuando se derribaron las naves, descubrieron un gran lago de mercurio. En Hacienda, en algunos despachos, han muerto muchas personas, más de lo normal, de cáncer. Lo atribuyen al mercurio», comentó.

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